El pasado mes de abril, Vietnam nos recibió con los brazos abiertos, una experiencia que organizamos con ilusión junto a Trekkinea. Desde el instante en que aterrizamos en Hanói, la ciudad nos absorbió con su efervescente energía: un hormiguero de motocicletas danzando entre el aroma del pho matutino y el bullicio de los comercios a pie de calle. Esa misma tarde, nos sumergimos en el laberíntico encanto del Barrio Antiguo, nos asombramos con el pintoresco trajín de la Calle del Tren y encontramos serenidad en la leyenda del Templo Ngoc Son y las tranquilas aguas del Lago Hoan Kiem.

Fieles a nuestra pasión por la montaña, al día siguiente pusimos rumbo a Tuyen Quang, una ciudad que también guardaba sus propios secretos. Nuestro viaje continuó hacia Yen Binh, donde un imprevisto en la carretera nos brindó una inesperada primera toma de contacto con el terreno vietnamita: una caminata de poco más de una hora que nos condujo a nuestro primer homestay. Allí, la calidez de nuestros anfitriones nos hizo sentir genuinamente bienvenidos, mientras que nuestra presencia despertaba una curiosa fascinación en los ojos de los lugareños. Comenzamos a percibir que muy pocos turistas visitaban esta región.

Los días siguientes desarrollamos las etapas del trekking, nos adentramos en el corazón verde de Vietnam, donde cada paso era una inmersión en un mundo natural fascinante y todavía genuino. Caminamos entre majestuosos bosques de bambú, campos de aromática canela y nos dejamos envolver por la serenidad de los campos de yuca, té y, sobre todo, arroz. Las sinuosas líneas de los arrozales aterrazados esculpiendo las laderas montañosas crean una imagen única, un paisaje que grabamos en nuestra memoria como una obra de arte natural.
Cada valle y cada montaña que atravesamos nos maravilló con su grandiosidad. Las constantes ascensiones y descensos pusieron a prueba nuestra resistencia bajo el peso del calor y la pegajosa humedad, intensificando el desafío de cada ruta. Las diminutas aldeas, dispersas en la lejanía, nos hacían sentir la soledad y silencio, una inmersión profunda en la naturaleza. Durante las nueve exigentes rutas de montaña que completamos, tan solo un día nos cruzamos con tres viajeros franceses; el resto del tiempo, el paisaje y las etnias locales Tay, Nung, Pathen y Dao, fueron nuestra única compañía.
La comida vietnamita nos encantó, gran variedad de sopas, verduras, tofu, carnes, pescados, salsas, frutas, ensaladas nos permitió no echar de menos nuestra comida habitual.

Tras la gratificante exigencia de la montaña, nos esperaba la joya de la corona de nuestro viaje: un crucero por la legendaria Bahía de Ha Long, una de las siete maravillas naturales del mundo. Navegar entre cientos de islotes emergiendo del mar esmeralda, pasar la noche bajo un manto de estrellas rodeados de esta maravilla geológica, fue una experiencia trascendental, un recuerdo imborrable que atesoraremos para siempre.

De vuelta en la vibrante Hanói, aún tuvimos el privilegio de sumergirnos en la magia del Teatro de las Marionetas de Agua, donde disfrutamos de un espectáculo delicado y lleno de encanto.
Si buscas zonas donde no llegue el turismo y te gusta la montaña, este es tu viaje.
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